París. París es una ciudad estupenda, una ciudad literariamente estupenda, cinematográficamente estupenda, pero no es una ciudad para vivir en ella. No para mí. Nunca pensé que llegaría a sentir añoranza del mar, nunca creí que tuviera necesidad de estar cerca del mar, más cerca del mar. Está el Sena, sí, pero no es el mar; un río es como un mar pero triste. Y he llegado a la conclusión de que necesito estar cerca del mar, respirar el mar, saber que está ahí, a la vuelta de la esquina...

París está demasiado lejos del mar, pero en Paris vive Nadia, y eso es lo único bueno que tiene hoy esta ciudad para mí. Pero París es una ciudad triste, a pesar de Nadia, por eso hemos hecho de su apartamento un continente. Hacemos el amor, escuchamos música —ella me ha descubierto a Andreas Scholl; yo le hago escuchar mis discos de Antònia Font; ambos cantamos en nuestro catalán aproximado «he vist un riu a parís davall de sa torre gris»—, leemos, comemos, incluso trabajamos en la cama. La cama se convierte en un barco, una tienda, un iglú, y el trayecto hasta la cocina o el baño, una pequeña expedición, sin apenas riesgos... Nada como Nadia, nadie como Nadia, Nadia, Nadia como Nadia, nada como Nadia, nada de nada, nada de nadie: Nadia!

Afuera no hay nada, no hay nadie. Todo está dentro. En el gran ágape de la creación, la Obra, nuestra Obra se lleva toda nuestra la energía, todo nuestro tiempo; el blog las migajas. La Obra se engorda y el blog se adelgaza. Y me duele. Me duele porque me gustaría escribir epifanías como esta. O desnudarme ante el mundo como ella. Pero no puedo. La Obra y Nadia, Nadia y la Obra me lo piden todo, lo tienen todo, me tienen todo.

Me gustaría poder decir que escribo para que otros lean, pero solamente escribo para Nadia, para nadie, para nada. Pero escribo. Ahora escribo y escribo. Y Nadia descansa acurrucada a mi lado. Lleva unos anchos pantalones negros y una ajustada camiseta negra que muestra generosa una buena parte de sus pechos blancos, estremecedores, y el tópico lunar juguetón. Sus brazos blancos duermen pegados al cuerpo. La correa negra del reloj, el anillo negro, la pulsera de cuero negro destacan sobre la piel blanca. El cabello rubio, cortado a la parisienne, oculta su rostro, su bello rostro, su boca medio abierta cuando duerme, sus párpados delicados, sus cejas inexistentes... Lo mejor de París. Y sin embargo...