En el pozo
Escribir para otro es algo así como ver a tu novia en la cama con otro. Duele, pero no te puedes quejar. Ahora, a escribir un libro para otro lo llaman trabajar en equipo: el imbécil —o sea, yo— escribe, en agotadoras sesiones de horas y horas de trabajo; mientras el imbécil escribe, el editor negocia artículos en los suplementos culturales y intervenciones del escritor en la radio y en la televisión, y el escritor dicta al oído del imbécil sus faltas de ortografía, de sintaxis, de decencia, y su halitosis, y habla por teléfono con su amiguita.
Para mí, el único consuelo del trabajo en equipo era N., una callada y hermosa secretaria para todo —para todo, cierto—, una maravilla de chica, un monumento de carne y hueso, de faldas tacañas y generosos escotes, gafas de pasta —claro—, y adicta al bicing, de la que día a día me fui enamorando en secreto, en silencio, como un colegial.
Anoche, me la encontré en un bar de literatos de la calle Ferlandina. Tomamos algo —bueno, nos emborrachamos como veinteañeros—, después de un tira y afloja divertido, liberamos nuestra angustia vital entre las sábanas: mi cuerpo, su cuerpo tatuado —¿todas las chicas están tatuadas?— y nuestras respectivas neuras. Esta mañana, la dura realidad de un beso de despedida con resaca.
«A lo mejor algún día nos querremos», me ha dicho, antes de irse, pero se ha ido. No sé por qué razón las mujeres a las que amo se van, siempre se van. Siempre tienen una excusa, cierto, pero se van. Creo que estoy enamorado, de verdad, pero prefiero no concebir esperanzas; la vida me ha corneado demasiado. Mañana la llamó. Añoro el sabor de su cuerpo.


violette dijo
Seguramente N. volverá a verte cuando la llames... Se ha ido porque tenía prisa, no lo dudes.
PS: Y Veronika??
12 Abril 2008 | 02:19 PM