Por fin en casa. Después de casi tres meses a pan y cuchillo en un «lujoso» hotel de la SS —de las SS—, regreso a mi casa. En el taxi que me lleva a casa, con mamá a mi lado, escucho como vociferan los salvadores de la patria en la FM matinal. Bienvenido al mundo (ir)real. Cuando llegamos a casa, sobornado por una generosa propina, el taxista me sube los sesenta libros que he leído —nadie roba libros, ni siquiera en un hospital— durante mi ingreso. Dejo la muleta en el recibidor. La correspondencia de tres meses, en la cómoda. Junto a la foto de Ella. Avanzo maquinalmente por el pasillo. Me encuentro mi casa como los chorros del oro. Ni una mota de polvo. Mamá sonríe satisfecha. Dónde están «mis» montones de periódicos; dónde, mis revistas; y mis libros por doquier, mi ropa... Mamá ha enviado durante un par de días a su Queli —le llama así, despectivamente, por la «que limpia»— para que pusiera un poco de orden en mi piso, cariño. Quien tiene una madre, tiene un tesoro. Pero pierde todo el material que ha desordenado metódicamente durante lustros. Siento como si me faltara algo, que una parte importante de mi vida se ha convertido en pasta de papel. Qué le vamos a hacer. Mi vida ya no va a ser igual después del accidente. Quizás es mejor así: así puedo empezar de cero. O de menos algo. Creo que voy a necesitar una nueva estantería, mamá, para todos esos libros... Sí, cariño, no te preocupes; mañana voy a ir a Ikea. La nevera está repleta de túpers con adhesivos: tortilla de patatas, croquetas, caldo, queso, ensaladilla, embutidos... La pulcra redondilla de mamá, que estudió en las Hijas del Sagrado Corazón... Hay comida para un regimiento, para un mes. Pero ni una cerveza. Mamá, no hay cerveza. Que no me conviene. Que ya oíste al doctor. Nada de excesos, nada de esfuerzos, nada de nada. Mamá, quiero cerveza. Y alguna botella de vino. Y cocacola. Sí, cariño. Mi habitación ya no tiene nada de «mi» habitación. Ha desaparecido el «armario» de ladrillos y maderos made in myself, han desaparecido los pósteres —de Strangers than Paradise, de Laurie Anderson, de Samuel Beckett, de Blade Runner...—, han desaparecido los montones de libros que hacían de mesilla de noche..., y han aparecido un armario de color —ahggg— pistacho, y unas paredes inmaculadamente blancas, y una lámpara halógena, y una cama enorme con sabanas floreadas... Aquí no hay quien duerma. Mamá se va. Mañana por la mañana vengo... Enchufo la tele. Enchufo el equipo de música. Enchufo el ordenador... Me zambullo un par de horas en la red. Releo las anotaciones con que he llenado las páginas de un cuaderno Moleskine desde que se estropeó el ordenador nuevo —va casi para un mes. Mañana voy a empezar a pasar a limpio lo que creo que aún vale la pena. Ceno algo. Escribo esta nota apresurada. Me duelen la pierna, la cabeza, la mano y el alma. Voy a colgar el post y voy a intentar dormir...