Ella —la única mujer que ha logrado agujerearme el corazón— me viene a ver. Me trae unos cuantos libros. Gracias. Me cuenta que pasado mañana se va de vacaciones. «Con una amiga», aclara, aunque no me importa. De camping. ¿De camping? ¿Todavía existen esos campos de concentración llamados campings? Los tristes veranos de mi triste adolescencia los pasé en un camping de la costa lleno de mosquitos. El camping era una extraña comunidad europea de ciudadanos —y ciudadanas— en bañador. En el camping, los españoles chillaban y montaban jaranas hasta altas horas de la madrugada; los franceses jugaban a la petanca; los holandeses se acostaban temprano; los ingleses se emborrachaban; los alemanes se quemaban al sol, y los italianos se ligaban a españolas, francesas, holandesas, inglesas y alemanas.

Mis padres tenían una caravana y cada primero de julio nos metíamos en el Simca 1000 y nos íbamos al camping. No regresábamos hasta septiembre. En la parcela de al lado se instalaban año tras año los Rodríguez, que eran una familia de Castellón de la Plana. Los Rodríguez se aliaban con mis padres para organizar paellas, torneos internacionales de fútbol, salidas a la playa, merendolas en la montaña y partidas de cartas que duraban hasta el amanecer. Los Rodríguez tenían un niño de mi edad que era mi obligado compañero de juegos. Era un niño engreído, chulillo y matón. Tenía todos los tebeos, todos los cromos y todos los juegos del mundo, y era un as del balón. Yo no tenía casi nada. No sabía jugar al fútbol. Tenía una bicicleta hasta que me la robaron.

Un año, el último que pasamos en el camping de la costa, los Rodríguez no vinieron. En su parcela se instalaron una francesa y su hijo en una caravana. Ella iba siempre en biquini o con un camisón. A mi padre se le salían los ojos de las órbitas. «Es una desvergonzada», decía mamá, «no me extraña que esté separada», remachaba, como si fuera una enfermedad.

Hasta que llegaron Sandrine, que así se llamaba la francesa, y Laurent, su hijo, que era un niño de aspecto triste, me masturbaba en las duchas —sí, yo también me masturbaba en las duchas del camping— pensando en los pechitos incipientes de las rubias adolescentes holandesas. Desde que llegó Sandrine, en la ducha, mi imaginación a través de mis manos se deleitaba con su cuerpo, que discretamente espiaba a todas horas desde nuestra parcela.

El triste francés de mi triste bachillerato post-franquista no me servía de demasiado a la hora de intentar hablar con ella; solamente me atrevía con tímidos bonjur, orvuá y mersibocú. Monsieur Peláez, mi triste profesor de francés del instituto, era un francés triste de Segovia o de Logroño. Fumaba Gitanes, tenía un Diane 6, leía el Libération y a Sartre, Simone de Beauvoir y Camus, y decía monsieur a los alumnos y mademoiselle a las alumnas. En sus clases no aprendí demasiado. Nada.

Una mañana que yo estaba tumbado en la hamaca leyendo Con las mujeres no hay manera, de Boris Vian, que es un autor que solamente se entiende si se lee en la adolescencia, Sandrine sacó la cabeza por la ventana de su caravana y me dijo: «Viens ?» Yo le dije que sí, que Vian, que leía a Boris Vian. Sandrine se rió; no: ¿si tú vienes? ¿Yo?

Fui; claro que fui. Fui tantas veces como me llamó, y me llamó frecuentemente durante el verano. Ella daba doscientas o trescientas pesetas a Laurent para que se fuera a la sala de los futbolines y echaba la llave de la caravana. Encerrado en la caravana, conocí el cuerpo de una mujer; descubrí el sabor de los jugos que su cuerpo destilaba; supe lo que es sudar de verdad; averigüé porque una parte importante de la humanidad llama francés al francés; asimilé conceptos metafísicos como «dos sin sacarla»; me esforcé a jadear en silencio; constaté que podía haber sexo sin amor y que podía amar sin querer; aprendí a saciar y a saciarme; ensayé los juegos acrobáticos que permite un espacio pequeño; entendí la razón de la francofilia de monsieur Peláez; intuí por qué Laurent era un niño triste: porque era un estorbo para sus padres, como yo.

A pesar de que me dejó su dirección y su teléfono, que todavía conservo, nunca más he sabido de Sandrine. Después de aquel verano no he vuelto jamás a un camping.