Después de la experiencia extravagante del pasado fin de semana, tenía pensado regresar a la montaña, pero unas anginas de caballo me han tenido postrado en la cama desde el viernes, a casi cuarenta de fiebre. A casi cuarenta de fiebre, he visto de todo: ninfas, hadas, brujas, trasgos, duendes, ángeles, amazonas... Pero eran alucinaciones.

El sábado vino mamá y me trajo un caldo reconstituyente y un cargamento de fármacos. Mamá se aprovechó de mi debilidad para soltarme el sermón: que si no me extraña, que no te cuidas, que si mira como tienes la ropa, que si no ves lo que estás haciendo con tu vida... Bueno, el rollo típico de las madres. Que sí, que sí..., yo le imploraba, pero mi voz se quedaba atrapada en el istmo inflamado de mi faringe.

El domingo estaba chafado y solo tenía ánimo para dormir. Dormí y dormí y dormí.

El lunes estaba un poco mejor; llamé al trabajo que les iba a enviar el parte del médico del seguro por fax, y que seguramente tendría que aceptar la baja laboral que me recomendaba. Mi jefa me dijo que tranquilo, que me recuperara, pero se le entendía que era una putada que cogiera ahora la baja. Después de la llamada, me metí en la cama y dormí hasta el mediodía, cuando me llamó mamá para saber cómo estaba. Que bien. Y que gracias, pero que no necesitaba nada. Por la tarde haraganeé bastante. De la cama al sofá, del sofá a la cama, pasando por la cocina para tomarme, a sorbos, un par de litros de zumo de naranja, todo mi alimento estos días, junto con los antibióticos. Intentaba leer; pasaba de un libro a otro sin convicción, sin capacidad para concentrarme en ninguno. La fiebre siguió alta.

El martes, la fiebre bajó, pero todo mi cuerpo estaba adolorido, y me sentía incapaz incluso de bajar a la calle para comprar más zumo y algún periódico. A la tarde volví a llamar al trabajo, que casi seguro que durante toda esta semana no estaría en condiciones de poder ir. Mi jefa me anunció que había pasado mi original a J. para que le diera el último repaso antes de mandarlo a máquinas. J. es un zafio, y su capacidad para distinguir un pronombre de un adjetivo, nula. Por suerte, tenía el trabajo bastante avanzado, por lo que creo que no lo va a empeorar.

Hoy he notado una notable mejoría; sin fiebre, mi cuerpo se recupera de la paliza a que ha sometido a su sistema inmunológico. Me he aventurado a salir a la calle, a comprar cuatro cosas en el súper de la esquina y los periódicos. Al subir a casa —un segundo, sin ascensor— las piernas me dolían como si hubiera pedaleado cuarenta horas seguidas.

He podido leer algo. Me apetecía ver la tele, pero desde hace casi un año que no tengo televisión —bueno, tengo el aparato encima de una mesita de ikea y tal, pero no funciona— y solamente en días como hoy la echo en falta. No es que sea un militante anti televisión, un día se estropeó y no he encontrado el momento oportuno de sustituir el aparato estropeado por uno nuevo. Normalmente lo llevo bien, pero hoy me hubiera gustado poder ver las noticias y alguna de las películas que guardo desde que ella se marchó. No se fue del todo; me dijo que me dejaba algunos libros, algunas películas, algunos discos. Una especie de herencia del desamor.

Mañana, jueves. Mañana me pasaré el día —otro— entero en casa. Con mis menjunjes, mis discos, mis libros, mis zumos y mis caldos, y mi aparato de televisión que no funciona. Mañana tenía que entregar el original corregido al impresor. Supongo que J. lo hará. Pero ya no será mi original. Yo estaré recuperándome de mis anginas inoportunas. No lo digo por el trabajo. Lo digo por maese Subal. Tenía previsto asistir a la presentación de «su» libro, del libro de Riverbend, en la Fundació Tàpies, y conocerlo, y hasta incluso, si hubiera vencido mi timidez, darme a conocer...