Categoría: tientos
Total, que sales a la calle un rato para no acabar loco en tu estudio sofocante, para comprar el periódico, para comer algo fresco, y regresas a casa desquiciado, con los ojos atónitos, hartos de carne ajena y joven y bella.
Y aparece C. C. me recuerda a un personaje de Roth, de Philip. C. es una amiga de los años del instituto, una cómplice de los primeros novillos, las primeras cervezas, los primeros porros, los primeros amores... Inalcanzable para mí, C. se lanzaba a los brazos de los chicos más brutos del instituto, de los que bebían más cervezas sin marearse, de los que liaban los mejores canutos, de los que robaban motocicletas, de los peores... Sin suerte. C. es, en fin, una buena —y huidiza— amiga, sin demasiada suerte.
De vez en cuando C. me llama. «Si no molesto, me podría quedar unos cuantos días en tu casa...» No, nunca —casi nunca— molesta. Y es agradable cenar en compañía y tomar unas cervezas. Además, me gusta hacer el amor con C., con mi amiga C. Una cosa lleva a la otra... Y siempre terminamos en la cama. Ambos sabemos que solo somos amigos, que solo lo hacemos por la amistad que nos une, que los amigos están para eso, para no dormir solos cuando no nos apetece dormir solos, para cuando necesitas un poco de amor porque sí, sin pedir nada a cambio salvo un poco de amor, solo por la amistad que nos une.
C. es una mujer bonita. Conserva de los tiempos del instituto una mirada transparente y una sonrisa franca, aunque algo ajada. La vida aja. C. es una mujer bonita, aunque sin apenas pecho. Las mujeres sin pecho, no obstante, suplen la falta de carne con imaginación. Con creces. Creo que piensan que los hombres necesitamos carne a la que agarrarnos y que si no nos pueden ofrecer esa carne nos tienen que ofrecer algo a cambio, en el caso de C. imaginación, imaginación desbordada. C., en la cama, ofrece su cuerpo parco de carne y toneladas de imaginación. Me gusta hacer el amor con C. Me gusta que C. de vez en cuando me llame..., y que se instalen unos cuantos días en mi cama, ella y su imaginación desbordada...
He pasado demasiado tiempo en una burbuja; en una burbuja horrible y medicamentosa encerrada en una negra caja negra enterrada en el hondo pozo hondo de la depresión. El enésimo maldito editor rechazó con distante elegancia mi libro. Nadia se fue, desapareció; hacía demasiado frío en la tundra. El borde del oscuro pozo oscuro estaba demasiado cerca, era demasiado tentador. Nada, nadie ni Nadia podía hacer nada ni nadie ni Nadia por mí. Sucumbí. Soy demasiado débil, demasiado imbécil. Caí.
Como los malos turrones malos, volví a casa por navidad. Solo. Nada traía de París, nadie, Nadia: una despedida en alfabeto cirílico en un absurdo pedazo de foto absurda; la absurda carta de rechazo de la enésima editorial; mi libro de mierda; tres libros delirantes; una absurda vida inútil... Mamá me abrazó en el andén. Niño, mi niño... Un muñeco roto. Me llevó a la clínica; pagó las visitas del doctor, pagó las pastillas de colores. Y me abandonó de nuevo en mi apartamento vacío, en mi refugio triste, en mi trinchera salvaje, en mi negra tumba negra... Estuve demasiado tiempo despierto. Tomaba mis pastillas de colores, miraba fotos de Nadia y de Ella, comía poco, corregía mi libro de mierda, leía mis libros delirantes, miraba estúpidas pelis porno, me masturbaba con violencia, vegetaba.
Al cabo de unos meses, de unas cuantas sesiones con el doctor, de unas cuantas docenas de pastillas de colores, me atreví a bajar solo a la calle. Recorrí calles, bajé al metro, tomé el autobús, llamé a teléfonos, olvidé París y olvidé Rusia, me perdí en mi ciudad, escapé del laberinto... En una librería conocí a una chica «tellamo»; una de esas chicas tontas y guapas, tan distinta de Ella, tan distinta de Nadia, tan «tellamo»: una chica para follar y un día de estos te llamo, cuando tenga otra vez ganas de follar te llamo; una chica guapa y tonta, que iba a las exposiciones del Macba y del CCCB, que leía a Lucía Etxebarría y a todos esos suecos insoportables, que flipaba con Woody Allen y que tarareaba canciones estúpidas de estúpidas cantantes estúpidas... Una tellamo. Apunté su teléfono en mi teléfono.
Los hombres somos un pene y un par de testículos.
El resto es literatura, humo, nada.
!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->Solo
triste
cansado
viejo
ciego
desalmado
ruina
negro
regreso
a la ciudad maldita
maldita su estirpe
maldito entre los tristes
maldito entre los malditos
Escribo
en un viejo cuaderno escolar
con tinta verde
escribo
es un decir...
El corazón una piedra
y mañana...
Mañana
me espera
el hambre
la sed
la lluvia
la maldita lluvia
la guerra
y una inútil certeza.
Llevo conmigo
en la vieja mochila
vieja
un puñado de balbuceos
un pasado
un cuaderno
una triste canción triste
un paquete de pañuelos
un par de libros
una inútil certeza
una jodida caricia de muerto
una mierda...
La vida mancha
embrutece
cansa
vieja
Escribo
es un decir...
París está demasiado lejos del mar, pero en Paris vive Nadia, y eso es lo único bueno que tiene hoy esta ciudad para mí. Pero París es una ciudad triste, a pesar de Nadia, por eso hemos hecho de su apartamento un continente. Hacemos el amor, escuchamos música —ella me ha descubierto a Andreas Scholl; yo le hago escuchar mis discos de Antònia Font; ambos cantamos en nuestro catalán aproximado «he vist un riu a parís davall de sa torre gris»—, leemos, comemos, incluso trabajamos en la cama. La cama se convierte en un barco, una tienda, un iglú, y el trayecto hasta la cocina o el baño, una pequeña expedición, sin apenas riesgos... Nada como Nadia, nadie como Nadia, Nadia, Nadia como Nadia, nada como Nadia, nada de nada, nada de nadie: Nadia!
Afuera no hay nada, no hay nadie. Todo está dentro. En el gran ágape de la creación, la Obra, nuestra Obra se lleva toda nuestra la energía, todo nuestro tiempo; el blog las migajas. La Obra se engorda y el blog se adelgaza. Y me duele. Me duele porque me gustaría escribir epifanías como esta. O desnudarme ante el mundo como ella. Pero no puedo. La Obra y Nadia, Nadia y la Obra me lo piden todo, lo tienen todo, me tienen todo.
Me gustaría poder decir que escribo para que otros lean, pero solamente escribo para Nadia, para nadie, para nada. Pero escribo. Ahora escribo y escribo. Y Nadia descansa acurrucada a mi lado. Lleva unos anchos pantalones negros y una ajustada camiseta negra que muestra generosa una buena parte de sus pechos blancos, estremecedores, y el tópico lunar juguetón. Sus brazos blancos duermen pegados al cuerpo. La correa negra del reloj, el anillo negro, la pulsera de cuero negro destacan sobre la piel blanca. El cabello rubio, cortado a la parisienne, oculta su rostro, su bello rostro, su boca medio abierta cuando duerme, sus párpados delicados, sus cejas inexistentes... Lo mejor de París. Y sin embargo...
Escribir para otro es algo así como ver a tu novia en la cama con otro. Duele, pero no te puedes quejar. Ahora, a escribir un libro para otro lo llaman trabajar en equipo: el imbécil —o sea, yo— escribe, en agotadoras sesiones de horas y horas de trabajo; mientras el imbécil escribe, el editor negocia artículos en los suplementos culturales y intervenciones del escritor en la radio y en la televisión, y el escritor dicta al oído del imbécil sus faltas de ortografía, de sintaxis, de decencia, y su halitosis, y habla por teléfono con su amiguita.
Para mí, el único consuelo del trabajo en equipo era N., una callada y hermosa secretaria para todo —para todo, cierto—, una maravilla de chica, un monumento de carne y hueso, de faldas tacañas y generosos escotes, gafas de pasta —claro—, y adicta al bicing, de la que día a día me fui enamorando en secreto, en silencio, como un colegial.
Anoche, me la encontré en un bar de literatos de la calle Ferlandina. Tomamos algo —bueno, nos emborrachamos como veinteañeros—, después de un tira y afloja divertido, liberamos nuestra angustia vital entre las sábanas: mi cuerpo, su cuerpo tatuado —¿todas las chicas están tatuadas?— y nuestras respectivas neuras. Esta mañana, la dura realidad de un beso de despedida con resaca.
«A lo mejor algún día nos querremos», me ha dicho, antes de irse, pero se ha ido. No sé por qué razón las mujeres a las que amo se van, siempre se van. Siempre tienen una excusa, cierto, pero se van. Creo que estoy enamorado, de verdad, pero prefiero no concebir esperanzas; la vida me ha corneado demasiado. Mañana la llamó. Añoro el sabor de su cuerpo.
Pero Ella se fue y se terminaron los domingos. Ahora el domingo es simplemente un día más, o un día menos. me levanto ni temprano ni tarde, cuando mi cuerpo descansado se harta de dormir, cambio las sábanas sucias del sudor de mis pesadillas, hago la colada de toda la semana —una lavadora de ropa blanca, una de ropa de color—, lavo los platos de la triste cena del sábado, me arrastro, triste, por casa, pongo música triste; en vano, intento leer, intento escribir, intento trabajar, intento olvidar que el domingo tiene veinticuatro horas... A veces incluso salgo de casa y me compro la prensa, para comprobar cómo las dos españas posibles me hielan el corazón, y me tomo una cerveza y unas aceitunas en el bar de la esquina, y el ovillo de mis pensamientos se lía en los nudos de la tristeza, y en las mesas de mi alrededor parejas enamoradas y felices se besan en el cuello y se meten mano con discreción, y familias felices dan patatas fritas a sus críos y se ríen de sus jefes y de sus hipotecas, y yo, solo, me termino un culo de cerveza tibia y me como la última aceituna, y regreso a casa, para intentar leer, para intentar escribir, para intentar trabajar, para comer un plato recalentado con un vaso de vino avinagrado, para intentar distraer mis pensamientos, para intentar convencerme de que la soledad será solamente un rincón vacío y lleno de polvo de mi vida, para convencerme de que un domingo, a pesar de todo, solo son veinticuatro horas, y de que mañana será lunes otra vez y de que otra vez el ajetreo de las obligaciones me apartará de los pensamientos funestos, de la triste añoranza de su ausencia, de todas las ausencias, para soñar que volverán nuevos domingos en compañía de alguien que, algo, aunque solo sea un poco, me querrá...
Pero en el horizonte me espera una semana interminable y otro fin de semana, otra noche de sábado lúgubre y otro domingo decepcionante y triste. El sábado, quizá marcaré su número de teléfono para oír su voz grabada en el contestador..., y colgaré sin abrir la boca. El domingo, nuevamente intentaré en vano llenar de palabras propias, de palabras ajenas, de canciones tristes, los recodos sombríos de mi soledad. Pero eso será el próximo fin de semana. Hoy, cuando anochezca, me sepultaré en la cama y me taparé los oídos para no oír mi llanto...

