La Coctelera

Fryslân

Crónicas —amargas— desde un país que no existe...

Categoría: requiebros

16 Julio 2009

Escribir

Escribir, joder... Dice Samuel Beckett, en L'innommable: «De los Murphy, Molloy y otros Malone, yo no me siento víctima. Ellos me han hecho perder el tiempo, escapar de mi pena, al permitirme hablar de ellos, cuando era necesario hablar solamente de mí, con el propósito de poder callar.» Escribir. Escribir es un refugio, cuando salir a la calle es una odisea, cuando encontrar una cara amable es una utopía, cuando los fantasmas de la razón se conjuran para sodomizarme. La página en blanco. Tantas páginas en blanco como dolores, como penas; tantas páginas en blanco como angustias; tantas páginas en blanco como noches en blanco, como cigarrillos. Y cada página en blanco, un reproche. ¿Qué coño haces escribiendo, intentando escribir? Debería estar con una mujer, follando, comiendo, haciendo planes, viendo una película, tomando una cerveza, educando a un niño... Debería estar con mis —escasos— amigos, riéndonos, bebiendo, jugando una partida, viendo una película... Debería estar en la calle, comprando, gastando, paseando, viendo pasar a mujeres deliciosas, cargando inútiles paquetes de compras inútiles... Debería estar contento. Debería ser feliz, egoísta, avaro, rico, otro. Debería ser amable, necio, hipócrita, cobarde, altivo, idiota, otro. Y, en cambio, aquí estoy, solo, fumando, con otro libro entre las manos, con demasiada música en la cabeza, intentando aclarar quién es el yo que inunda mis páginas en blanco, intentando encontrar el mejor adjetivo para ese estúpido sustantivo esquivo, forzando la gramática, violentando las reglas de puntuación... Y sigo aquí. Con el centenar de libros que releeré hasta la muerte, hasta que caiga muerto en los márgenes abismales de mis infinitas páginas en blanco, sin saber quién «yo» era, en la consciencia dolorosa de que el tiempo pasa y pasa demasiado deprisa. Para que un lector, el lector, te siga, tienes que llevarlo en volandas de algo a algo pero no te puedes recrear en el «en medio». Escribir... ¿por qué?, ¿para qué?, ¿para quién? Si puedo leer. Si puedo escuchar música. Sí pero... Escribir, joder...
Tags: escribir, leer

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2 Julio 2009

C.

Si el trabajo no termina conmigo —una monstruosa traducción «literaria», algo más de quinientas patéticas páginas, en un argot ininteligible, a un precio anticrisis, anticrisis editorial, claro—, lo hará la explosiva combinación de ola de calor y bicing urbano que ha sacado a la calle a un temible ejército de doncellas enfundadas en sutiles camisetas que ofrecen, generosas, sus mórbidos pechos a la ciudadanía —e incluso, las más aguerridas, sus pezones.

Total, que sales a la calle un rato para no acabar loco en tu estudio sofocante, para comprar el periódico, para comer algo fresco, y regresas a casa desquiciado, con los ojos atónitos, hartos de carne ajena y joven y bella.

Y aparece C. C. me recuerda a un personaje de Roth, de Philip. C. es una amiga de los años del instituto, una cómplice de los primeros novillos, las primeras cervezas, los primeros porros, los primeros amores... Inalcanzable para mí, C. se lanzaba a los brazos de los chicos más brutos del instituto, de los que bebían más cervezas sin marearse, de los que liaban los mejores canutos, de los que robaban motocicletas, de los peores... Sin suerte. C. es, en fin, una buena —y huidiza— amiga, sin demasiada suerte.

De vez en cuando C. me llama. «Si no molesto, me podría quedar unos cuantos días en tu casa...» No, nunca —casi nunca— molesta. Y es agradable cenar en compañía y tomar unas cervezas. Además, me gusta hacer el amor con C., con mi amiga C. Una cosa lleva a la otra... Y siempre terminamos en la cama. Ambos sabemos que solo somos amigos, que solo lo hacemos por la amistad que nos une, que los amigos están para eso, para no dormir solos cuando no nos apetece dormir solos, para cuando necesitas un poco de amor porque sí, sin pedir nada a cambio salvo un poco de amor, solo por la amistad que nos une.

C. es una mujer bonita. Conserva de los tiempos del instituto una mirada transparente y una sonrisa franca, aunque algo ajada. La vida aja. C. es una mujer bonita, aunque sin apenas pecho. Las mujeres sin pecho, no obstante, suplen la falta de carne con imaginación. Con creces. Creo que piensan que los hombres necesitamos carne a la que agarrarnos y que si no nos pueden ofrecer esa carne nos tienen que ofrecer algo a cambio, en el caso de C. imaginación, imaginación desbordada. C., en la cama, ofrece su cuerpo parco de carne y toneladas de imaginación. Me gusta hacer el amor con C. Me gusta que C. de vez en cuando me llame..., y que se instalen unos cuantos días en mi cama, ella y su imaginación desbordada...

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6 Mayo 2008

¡París!

Para salir del pozo, para creer que salgo del pozo, me largo un largo fin de semana a París. Marc Weitzmann me lleva en una larga noche de traqueteo e insomnio desde la estació hasta la gare. En el hotel(ucho) donde me alojo descanso un par de horas y salgo a pasear. París es una ciudad cargada de recuerdos; de recuerdos de otros, de recuerdos que he robado de los libros, de las películas, de las historias que otros han vivido por mí y para mí.

Trasteando en una bouquinerie encuentro a una si jeune, si belle, si blonde, si ravissante fille, que hojea una edición antigua de Baudelaire. Es uno de mis poetas preferidos. En mi triste francés triste de triste instituto triste de triste bachillerato triste le recito A une passante. Ella se gira, me sonríe, deja el libro, me toma de la mano y me dice: vous êtes spécial, bien entendu... Oui, très spécial, madame. Tomo el libro, lo pago, se lo regalo: un p'tit cadeau...

N., traductora del ruso, sin soltarme la mano, me cuenta su vida, me pasea por sus calles húmedas de París, me descubre unos cuantos bistrós, me ríe, me emborracha, me empuja a un RER, me baja en una fea banlieue, me sube a su apartamento, me arroja a su cama, me pide que le lea la Chanson d'après-midi, me susurra al oído i my skoro boudiem zanimatsia liouboi, y me ofrece su cuerpo, y me lleva al Parnaso, al jardín de las Delicias, a los Campos Elíseos, al jardín del Edén, al huerto de Hera, a la fuente de Castalia, a la Cólquide, al Parnaso de nuevo, al Olimpo, al Leteo...

Creo que voy a cancelar mi billete de vuelta. Creo que me quedo en París...

[Para SQ, que también anda, creo, «cerca» de Rusia...]

Tags: n, rusia, paris

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29 Noviembre 2007

Muerte

Hay algunos
que creen
que Fryslân
ha muerto.

Y
sin
embargo
vive.

Pero no sé si debe
seguir viviendo...

Tags: muerte, frysla n

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24 Enero 2007

Días de vino y Rosa

Días de vino y Rosa; demasiados días de vino y unos cuantos, pocos, de Rosa. Despedí el año 2006 tristemente. Solo. Intenté celebrar que por fin el infausto 2006 se iba y le sucedía el año de gracia de 2007. Pero estaba solo. Solo. Y cuando estás solo o te consuelas con la soledad o buscas consuelo en otra parte. En una botella, por ejemplo. Y buscar consuelo en una botella es una mala solución. Una desgracia. El día 31 de diciembre por la noche paseé mi soledad por mi barrio, buscando algún bar abierto para no tener que beber solo. Inútilmente. Todos los bares del barrio estaban cerrados. «Abrimos a la una», «abrimos a la 1.30», «felices fiestas»... Múltiples mensajes esperanzadores colgaban de las puertas de los bares. De los bares cerrados. Ni un solo bar abierto, a medianoche. Y yo, solo. Jodidamente solo.

Regresé a casa. Pillé una botella de güisqui que tenía desde hacía..., desde hacía demasiado tiempo. Bebí compulsivamente. Y a la una estaba completamente pedo. En vez de acostarme y dormirla, me lancé a la calle. Puto 2007... ¡Allá voy! Puto 2007. Jodida soledad... Ebrio de ganas de fiesta, intenté entrar en algunos bares, pero enormes seguratas me echaban sin contemplaciones. Al final, en un tugurio infame me vendieron a un precio exorbitante una botella de champán. Quise invitar a unas jóvenes ecuatorianas, o colombianas, o cubanas, quizá. En vano. Imploré, supliqué... En vano. Se reían. Me bebí la botella, yo solito, con un par... Y no recuerdo nada más.

Desperté en una parada de autobús. Muerto de frío. Sin chaqueta. Sin mis zapatos nuevos de 100 euros. Con la cartera en el bolsillo, afortunadamente. Sin dinero, pero con toda la documentación. Y la tarjeta de crédito. Regresé como pude a mi casa. Dormí hasta el mediodía. Para hacer más llevadera la resaca me bebí un par de cubos de cerveza, un tonel de vino, una garrafa de ginebra... Pillé otra cogorza, claro. Y otra. Y otra. Y otra más...

Hasta que en un momento glorioso de lucidez y sobriedad conocí a Rosa en la tienda de un pakistaní adonde había ido a comprar algo para beber. Le dije algo que le hizo reír. A Rosa; no al pakistaní. Y ella me dejó subir a su casa. Allí, con suma delicadeza, me aplicó un dulce lenitivo contra la soledad. Y después nos emborrachamos juntos. Las borracheras a dúo son más benignas. Y seguimos juntos, bebiendo y retozando, hasta que no pudimos más. Su tratamiento intensivo contra la soledad me dejó hecho unos zorros y me tenía que recuperar. Quedamos para otro día... Dormí, dormí y dormí. Quizá un día entero, quizá dos. Después ella vino a mi casa, limpia, peinada, pintada, con unas botellas... Y me trató, y me emborracho... Y al cabo de unos cuantos días se fue. Tenía que hacer unas gestiones, no sé qué de un trabajo, en otra ciudad... Me dejó un teléfono, una dirección de correo electrónico, un chupetón en el cuello, el alma en paz... Y nada más. Sé que no va a regresar. Creo que no me importa...

(continuará quizá...)

Tags: 2007, rosa, vino

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11 Diciembre 2006

Mil euros...

¡Un mes, casi, sin escribir! Sin escribir en el blog, porque escribir escribí durante este mes. Un «amigo», aprovechándose de mi delicada situación y de nuestra «amistad», me endosó un trabajillo: la redacción de un volumen de una enciclopedia. No pude, no supe decir que no. O sea, un mes, casi, sin salir de casa, pegado al maldito ordenador, saqueando internet, buscando material para escribir una historia de la literatura que por lo menos se pueda leer. Y todo por mil euros. Mil euros con los que voy a pasar unas navidades de dios...

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27 Septiembre 2006

Risoterapia y muerte

A parte de múltiples pastillas de colores, una doctora venezolana me recomendó la risoterapia para salir del pozo oscuro. Y estos últimos días me he reído de lo lindo con el espectáculo que se ha montado en mi villorrio a cuenta de la pregonera de la fiesta mayor. De lo lindo. Unos tontitos decían que si era un insulto, que si..., y otros tontitos les han replicado que si... Y yo, «iconoplasta», me he reído de lo lindo, de los unos y de los otros. Y de la pregonera. Una vez intenté leer algo de lo que ha perpetrado en nombre de la literatura: las carcajadas del recuerdo me han sacado del pozo.

Me he reído también de lo lindo con las palabras de unos cuantos imbéciles famosos y de otros imbéciles que aspiran a serlo. Basta con abrir el periódico por cualquier página: política internacional, política española, política catalana, cultura... Imbéciles por doquier, imbéciles a mansalva. Imbéciles.

Lentamente, los huesos se han ido soldando, las heridas han ido cicatrizando, los moratones han ido desapareciendo, y mamá ha recuperado los «ocios» —el gimnasio, la peluquería, las amigas...— que la alejan mañana y tarde del costado de mi cama. La doctora venezolana me dice que prontito, prontito voy a poder regresar a casa. De momento me esfuerzo en los ejercicios de recuperación que cada mañana, de lunes a sábado, realizo en un gimnasio para ancianos tullidos. De reírse.

Y luego, la muerte. Hoy al regresar del gimnasio, al entrar en la habitación me ha parecido que el señor Joan, que llevaba casi tanto tiempo como yo en el hotel de la SS, estaba..., estaba muerto.

El señor Joan era un anciano desquiciado que metía mano a las enfermeras y se reía. Y hoy se muerto. Y yo me encontrado con el muerto en mi habitación. Y mamá no estaba. Y he salido renqueando para avisar a las enfermeras. El manoslargas, decían; se ha muerto el manoslargas... Y se han llevado al pobre señor Joan envuelto en una sábana. Pero el olor agrio de la muerte se ha quedado en la habitación. Y mañana va a venir Ella.... Al final me voy a morir de la risa.

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28 Julio 2006

La respuesta

Feliz S., no hay pizca de ficción en mis anotaciones: vida es literatura, literatura es vida; cuando escribo vivo, cuanto vivo escribo.
Sí, estoy fuera de (la) circulación; me echo de ella un homicida montado en un arma de cuatro ruedas. Feliz S., mi yeso es de «carne y huesos» —¿estaré recuperando mi afilado sentido del humor?—, de verdad.
Amigo S., la única «buena» noticia es que se ve que de resultas del golpe tengo un coágulo en el hemisferio derecho y un sádico llamado Doctor Neurocirujano, a la espera de ver cómo evoluciona, ya me ha tomado las medidas del cerebro. ¿Quién dijo miedo?
Joven S., aquí la única droga que hay es la sonrisa de las enfermeras, que acostumbradas a tratar con ancianos malhumorados, a los jóvenes —porque aunque pasé de los treinta me siento joven, a pesar del coágulo—, nos dan un trato más bien cordial. Además, los calmantes amodorran.
Algo hay, camarada S., fuera del hospital: mis vacaciones perdidas...
Me mandaría, dice, algunas lecturas... Mándemelas, por favor, no se abstenga de mandármelas a: fryslanfryslan a rara yahoo punto es. Además, como durante estas vacaciones voy a estar alojado en un hotel de la seguridad social con todos los gastos pagados, me puedo permitir el lujo de patearme el sueldo en Casa Amazon, uno de mis libreros de referencia y de preferencia.
¡Ah!, y muchas gracias.
Atentamente...

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Había una vez un lobito bueno al que maltrataban todos los corderos...
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