16 Julio 2009
18 Diciembre 2007
Veronika devora mi cuerpo y fagocita mi alma. Desde que se instaló en mi vida, mi vida ya no es mi vida, es un apéndice de la suya. Mi corazón late si su corazón late; mis pulmones inspiran y expiran cuando sus pulmones inspiran y expiran; mi cerebro piensa lo que ella piensa; mi aparato reproductor funciona al ritmo de su aparato reproductor, y mi aparato digestivo... Su energía me abastece de energía; todo mi ser funciona al compás de su ser. Su felicidad es el alimento de mi felicidad. Me temo que me convertí en un clon de su yo.
Se instalo en mi casa, y desde entonces ya no es mi casa. Cambiaron los colores de sus paredes; cayó la pared de la cocina, se abrió una ventana en el altillo... Veronika compró estanterías para «sus» libros —que habían sido mis libros—, que organizó según su criterio, vendió «sus» vinilos —que habían sido mis vinilos—, compró un nuevo reproductor para «sus» cedés, unas bicis para los dos...
Veronika me adelgazó diez quilos, me hizo operar la miopía —Veronika lanzó mis últimas gafas al mar—, me llevó a su estilista —¡me cortó y me peinó las cejas!—, me compró su ropa, me llevó a conocer a su mamá —¡qué diferencia, dios!, más que su madre parece su hermana—, me llevará estas navidades a Nueva York con su papá...
Su próspero negocio va viento en popa. Está empezando a ganar dinero. El primer libro que ella editó —yo solamente lo propuse, lo traduje, lo corregí, lo maqueté...— se está vendiendo muy bien. Y esta semana va a llegar a las librerías el segundo...
Hago lo que me ordena, leo lo que ella me propone leer, escribo lo que ella me dicta, escucho lo que ella dice, digo lo que me hace decir, opino lo que le oigo opinar...
Veronika asiste desconcertada a mi transformación.
Creo que es feliz,
creo...
13 Marzo 2007
12 Diciembre 2006
Por culpa de emgiro, leo —de un tirón— un libro extraordinario de Adam Zagajewski: Dos ciudades.
Entre otras cosas interesantísimas —lean, lean el texto titulado «Una nación pequeña le escribe una carta a Dios»—, dice:
«Siempre habrá poesía y siempre habrá un mundo de idiotas entretenidos en trasladar las fronteras, perfeccionar los tanques y ganar las elecciones.»
17 Octubre 2006
Por fin en casa. Después de casi tres meses a pan y cuchillo en un «lujoso» hotel de la SS —de las SS—, regreso a mi casa. En el taxi que me lleva a casa, con mamá a mi lado, escucho como vociferan los salvadores de la patria en la FM matinal. Bienvenido al mundo (ir)real. Cuando llegamos a casa, sobornado por una generosa propina, el taxista me sube los sesenta libros que he leído —nadie roba libros, ni siquiera en un hospital— durante mi ingreso. Dejo la muleta en el recibidor. La correspondencia de tres meses, en la cómoda. Junto a la foto de Ella. Avanzo maquinalmente por el pasillo. Me encuentro mi casa como los chorros del oro. Ni una mota de polvo. Mamá sonríe satisfecha. Dónde están «mis» montones de periódicos; dónde, mis revistas; y mis libros por doquier, mi ropa... Mamá ha enviado durante un par de días a su Queli —le llama así, despectivamente, por la «que limpia»— para que pusiera un poco de orden en mi piso, cariño. Quien tiene una madre, tiene un tesoro. Pero pierde todo el material que ha desordenado metódicamente durante lustros. Siento como si me faltara algo, que una parte importante de mi vida se ha convertido en pasta de papel. Qué le vamos a hacer. Mi vida ya no va a ser igual después del accidente. Quizás es mejor así: así puedo empezar de cero. O de menos algo. Creo que voy a necesitar una nueva estantería, mamá, para todos esos libros... Sí, cariño, no te preocupes; mañana voy a ir a Ikea. La nevera está repleta de túpers con adhesivos: tortilla de patatas, croquetas, caldo, queso, ensaladilla, embutidos... La pulcra redondilla de mamá, que estudió en las Hijas del Sagrado Corazón... Hay comida para un regimiento, para un mes. Pero ni una cerveza. Mamá, no hay cerveza. Que no me conviene. Que ya oíste al doctor. Nada de excesos, nada de esfuerzos, nada de nada. Mamá, quiero cerveza. Y alguna botella de vino. Y cocacola. Sí, cariño. Mi habitación ya no tiene nada de «mi» habitación. Ha desaparecido el «armario» de ladrillos y maderos made in myself, han desaparecido los pósteres —de Strangers than Paradise, de Laurie Anderson, de Samuel Beckett, de Blade Runner...—, han desaparecido los montones de libros que hacían de mesilla de noche..., y han aparecido un armario de color —ahggg— pistacho, y unas paredes inmaculadamente blancas, y una lámpara halógena, y una cama enorme con sabanas floreadas... Aquí no hay quien duerma. Mamá se va. Mañana por la mañana vengo... Enchufo la tele. Enchufo el equipo de música. Enchufo el ordenador... Me zambullo un par de horas en la red. Releo las anotaciones con que he llenado las páginas de un cuaderno Moleskine desde que se estropeó el ordenador nuevo —va casi para un mes. Mañana voy a empezar a pasar a limpio lo que creo que aún vale la pena. Ceno algo. Escribo esta nota apresurada. Me duelen la pierna, la cabeza, la mano y el alma. Voy a colgar el post y voy a intentar dormir...
17 Junio 2006
Hoy ya me he sentido recuperado; no completamente, pero bastante. He leído como hace años que no leía. Unas diez horas. Un libro por la mañana, otro por la tarde. Pero el montón de libros pendientes no mengua. Es lo que tiene esto de trabajar. Cuando no trabajas, no tienes dinero para comprar libros, pero tienes tiempo para leer; cuando trabajas, no tienes tiempo para leer, pero tienes (algo de) dinero. Intenté hace años trabajar leyendo, quiero decir solo leyendo, pero los generosos honorarios de las editoriales me lo impidieron. No pido mucho: para comer y un poco más, para algún otro vicio, para poder escaparme a la montaña algún fin de semana, para poder ir al cine, para tomar un cerveza, para comprar algún disco, para cortejar a alguna chica. Pero se ve que pido demasiado. Si quieres vivir de leer, te tienes que alimentar de letras, emborracharte con letras, viajar con la imaginación, hacértelo a solas... O sea, que tuve que dejar las lecturas; tenía demasiada «ambición»: un sueldo digno. No es que gane mucho más ahora, pero ya no leo. O ya no leo solamente. Pero puedo permitirme algún lujo. Comprar libros, por ejemplo. Y estar enfermo. Me parece triste tener que esperar a estar enfermo para poder leer los libros que me compro con el salario digno que me dan por un trabajo que, aunque no me puedo quejar, no me gusta. A mí me gusta leer, leer y solo leer. O sea que no sé qué estoy haciendo escribiendo a estas horas. Lo dejo. Voy a copiar algo que leí hoy y me voy a la cama. A leer.
«Escribes la vida, y la vida parece una vida ya vivida. Y cuanto más te acercas a las cosas para escribirlas mejor, para traducirlas mejor a tu propia lengua, para entenderlas mejor, cuanto más te acercas a las cosas, parece que te alejas más de las cosas, más se te escapan las cosas. Entonces te agarras a lo que tienes más cerca: hablas de ti mismo conforme te acercas a ti mismo. Ser escritor es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es un caso de impersonation, de suplantación de personalidad: escribir es hacerse pasar por otro.»
18 Mayo 2006
Nada. Que el Equipo ha ganado. Y se ha organizado un macrobotellón nEcional...
9 Abril 2006
Hoy en día, si un escritor no escribe en los periódicos y ninguno de sus libros ha sobrepasado la cifra de mil ejemplares vendidos —una barrera habitual en muchos de nosotros—, cuando sale a la calle un nuevo libro suyo está perdido: apenas nadie lo compra y sólo lo leen los amigos y los fieles: cien o doscientas personas siendo optimistas. Sin embargo una de las grandes virtudes de la literatura es ésta: vivir en un país de casi cuarenta millones de habitantes, escribir en una lengua hablada por más de trescientos millones de personas y pertenecer, por tanto, a una cultura literaria que posee millones y millones de iletrados, pero continuar escribiendo como si nada.
José Carlos Llop, Diarios
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