16 Julio 2009
13 Junio 2008
París está demasiado lejos del mar, pero en Paris vive Nadia, y eso es lo único bueno que tiene hoy esta ciudad para mí. Pero París es una ciudad triste, a pesar de Nadia, por eso hemos hecho de su apartamento un continente. Hacemos el amor, escuchamos música —ella me ha descubierto a Andreas Scholl; yo le hago escuchar mis discos de Antònia Font; ambos cantamos en nuestro catalán aproximado «he vist un riu a parís davall de sa torre gris»—, leemos, comemos, incluso trabajamos en la cama. La cama se convierte en un barco, una tienda, un iglú, y el trayecto hasta la cocina o el baño, una pequeña expedición, sin apenas riesgos... Nada como Nadia, nadie como Nadia, Nadia, Nadia como Nadia, nada como Nadia, nada de nada, nada de nadie: Nadia!
Afuera no hay nada, no hay nadie. Todo está dentro. En el gran ágape de la creación, la Obra, nuestra Obra se lleva toda nuestra la energía, todo nuestro tiempo; el blog las migajas. La Obra se engorda y el blog se adelgaza. Y me duele. Me duele porque me gustaría escribir epifanías como esta. O desnudarme ante el mundo como ella. Pero no puedo. La Obra y Nadia, Nadia y la Obra me lo piden todo, lo tienen todo, me tienen todo.
Me gustaría poder decir que escribo para que otros lean, pero solamente escribo para Nadia, para nadie, para nada. Pero escribo. Ahora escribo y escribo. Y Nadia descansa acurrucada a mi lado. Lleva unos anchos pantalones negros y una ajustada camiseta negra que muestra generosa una buena parte de sus pechos blancos, estremecedores, y el tópico lunar juguetón. Sus brazos blancos duermen pegados al cuerpo. La correa negra del reloj, el anillo negro, la pulsera de cuero negro destacan sobre la piel blanca. El cabello rubio, cortado a la parisienne, oculta su rostro, su bello rostro, su boca medio abierta cuando duerme, sus párpados delicados, sus cejas inexistentes... Lo mejor de París. Y sin embargo...
30 Marzo 2007
En una segunda fase, me atreví a meter baza en alguna de las cuestiones que se suscitaban. Primero, bastante espontáneamente; luego, con más dedicación. A cualquier fallo que cometí, por escribir a vuelapluma y sin releer, aunque solamente fuera tipográfico, le sucedía una marea de reproches... Pero el nombre con que firmaba mis mensajes era mi refugio...
Hace cosa de un mes, a causa de un régimen verbal dudoso, mantuve una acalorada conversación con una participante. Su falso nombre tenía resonancias poéticas y sus comentarios eran acertados y sinceros, y siempre respetuosos. Luego, gracias a una extraña complicidad que nació del hecho de compartir gustos, formación, criterios y posiciones teóricas y prácticas más o menos comunes acerca de los temas que se suscitaban, y de vivir, como descubrimos, en la misma ciudad, nos «aliamos», por decirlo así, en un par o tres de debates para rebatir absurdas propuestas y descabelladas razones de indocumentados —glups— «profesionales».
Finalmente, un día, después de una dolorosa noche de insomnio, le envié un mensaje con una propuesta de cita. Ella aceptó. El día señalado, venciendo la insoportable vergüenza que me atenazaba y que disparó todo mi arsenal de tics nerviosos, me arreglé para salir. Antes de entrar en el café del centro de la ciudad donde nos habíamos citado, di varios millones de vueltas a la manzana abrazado a mis fantasmas. Cuando, finalmente, entré, la vi de inmediato en una mesa, leyendo el libro que habíamos convenido. Estaba delicadamente sentada con las piernas cruzadas, absorta en la lectura del libro; sujetaba con dos dedos delicados una taza ingrávida, reposaba un codo en la delicada superficie de una mesa invisible... Ho..., hola, tartamudeé. Hola, exclamó. Nos dimos dos besos, me sonrió. Una sonrisa que llenó mi corazón de chiribitas. Me preguntó qué quería tomar. Pedí un café. Charlamos de nuestras travesuras en la lista de distribución, de libros, de discos, de películas... durante un par de horas eternas. O más. Anochecía. Iban a cerrar el café. Le propuse salir por ahí y tomar un bocadillo y unas cañas, y... Ella me dijo que no podía, que la esperaban en casa para cenar, dijo. «Estoy casada..., infelizmente casada...», dijo. Y en ese instante sentí cómo en mi dolorido corazón dolorido se abría una brecha dolorosa...
21 Agosto 2006
Despertar de una anestesia general es algo así como nacer con conciencia. Abres los ojos e intentas aprehender la realidad. Pero una claridad cegadora hace que los tengas que volver a cerrar. Vuelves a intentarlo, lentamente, con dolor, como si los párpados fueran un telón de acero. Pero el acero lo tienes en el cerebro; exactamente en la parte del cerebro que limita al norte con la sinrazón. Perseveras. La realidad se va materializando a tu alrededor..., a mi alrededor. Lo primero que veo son los ojos de mamá colmados de lágrimas, y oigo su letanía: «Aydiosmio, aydiosmio...» No me fui; estoy de nuevo aquí. Supongo que sin el coágulo. Creo que estoy bien. Mamá me apabulla con preguntas que ante mi silencio —siento la boca pastosa, los labios sellados— mamá misma se responde, me apabulla con sus caricias inexpertas e inútiles... Mamá, mamá..., intento balbucear. En balde. Abro un poco los labios: «Mam...» Mamá rompe a llorar desconsoladamente. Sus llantos me irritan. Se calma un poco. Se azora: me besa la cara, me pone bien las sábanas, la almohada, me coge una mano, me acaricia el pelo inexistente... «Mamá, déjame...» Mamá continua llorando, avisa a la enfermera que llega en seguida; esta me mira, me toma el pulso, cuchichean..., quizá solo conversan en un tono normal pero para mí su conversa es lejana, extraña, un cuchicheo.
A pesar de que estoy acostado, me pesa el cuerpo. Siento que centenares de caracoles recorren mis miembros como si fuera un prado después de una tormenta. Mi cuerpo, un caracolódromo. Creía que la sensación de despertarse de la anestesia general sería más parecida a un hormigueo, a un cosquilleo, pero no: es una carrera de caracoles babosos sobre mi cuerpo. Aunque no es una sensación asquerosa, sino más bien agradable, como si una amante solícita recorriera mi cuerpo con una lengua pegajosa y lenta. Pero no es una amante solícita: son caracoles.
La enfermera se va. Mamá se queda. Se me acerca. «Todo está bien, mi niño», susurra a mi oído: «Todo ha salido bien, mi niño...» Supongo que debe de ser verdad, que quizá por una vez lo que dice sea verdad...
11 Agosto 2006
Jornada soporífera. Mamá no se mueve de mi lado. No me deja ni un minuto. Todo el santo día con su rosario preferido: "Aydiosmio, aydiosmio..." Me paso el día jugando con mi nuevo juguete. Leo una interesante novela en internet. Me siento un poco Horacio.
10 Agosto 2006
El día 29 de julio, después de contestar los amables comentarios que había recibido a mi último post, me puse a escribir el mejor post que se pueda imaginar hasta que me venció el sopor provocado por las drogas —legales, supongo— con que me alimentan las enfermeras de esta benemérita institución —de la hospitalaria, quiero decir, no de la guardia civil. Cuando al cabo de unas horas o de unos minutos desperté, busqué el ordenador y no lo encontré. Supuse que alguna enfermera me lo habría guardado. Llamé desesperadamente al timbre con la cabeza llena de ideas, de recuerdos, de palabras, de ocurrencias, de literatura. Cuando vino la enfermera le dije que si me hacía el favor de acercarme el ordenador... Pero el ordenador había desaparecido. Lo siento, dijo la enfermera, estas cosas suceden... Me quedé perplejo. Llueve sobre mojado, que dicen en mi pueblo. Alguien, durante mi «ausencia» medicamentosa, interpretó que «hospital público» quiere decir precisamente eso, público, y que por lo tanto podía disponer de mi ordenador a su conveniencia, que se lo podía llevar a su casa y que incluso lo podía vender para sacar unos cuantos euros. Total: me quedé sin ordenador. Ahora entiendo los letreros que advierten en tres lenguas a los usuarios del hospital que vigilen sus «pertenencias». En fin, que en este país es normal que, encima que estás enfermo, bastante enfermo, suficientemente enfermo para pasar unos días en un hospital, te roben. Era un ordenador viejito, pero la tarjeta de conexión a internet era nueva. Y en el disco duro guardaba casi toda la obra de Bach, y todas mis novelas. No sé si tengo alguna copia actualizada de todo ello en el ordenador de casa. El cabrón o la cabrona que lo sustrajo me ha dejado diez días en un estado de postración —literal y metafórica. Mamá, que no sé cómo se enteró de mi accidente, volvió a toda prisa del pueblo, donde pasa siempre las vacaciones, para estar a mi lado en estos días aciagos. Cuando le conté lo del ordenador, mamá —qué no haría una madre por su hijo— encargó uno nuevo, a cuenta del dinero que le dejó papá, y hoy me lo ha traído un muchacho rubio, que también me lo ha configurado. Le he dado diez euros de propina, para un café. Es un ordenador estupendo, con una tarjeta de seis megas de conexión a internet. Voy a tener que estar todo el tiempo ojo avizor. Para que no me lo roben. Y para que mamá no lea lo que escribo.
28 Julio 2006
Feliz S., no hay pizca de ficción en mis anotaciones: vida es literatura, literatura es vida; cuando escribo vivo, cuanto vivo escribo.
Sí, estoy fuera de (la) circulación; me echo de ella un homicida montado en un arma de cuatro ruedas. Feliz S., mi yeso es de «carne y huesos» —¿estaré recuperando mi afilado sentido del humor?—, de verdad.
Amigo S., la única «buena» noticia es que se ve que de resultas del golpe tengo un coágulo en el hemisferio derecho y un sádico llamado Doctor Neurocirujano, a la espera de ver cómo evoluciona, ya me ha tomado las medidas del cerebro. ¿Quién dijo miedo?
Joven S., aquí la única droga que hay es la sonrisa de las enfermeras, que acostumbradas a tratar con ancianos malhumorados, a los jóvenes —porque aunque pasé de los treinta me siento joven, a pesar del coágulo—, nos dan un trato más bien cordial. Además, los calmantes amodorran.
Algo hay, camarada S., fuera del hospital: mis vacaciones perdidas...
Me mandaría, dice, algunas lecturas... Mándemelas, por favor, no se abstenga de mandármelas a: fryslanfryslan a rara yahoo punto es. Además, como durante estas vacaciones voy a estar alojado en un hotel de la seguridad social con todos los gastos pagados, me puedo permitir el lujo de patearme el sueldo en Casa Amazon, uno de mis libreros de referencia y de preferencia.
¡Ah!, y muchas gracias.
Atentamente...
1 Julio 2006
Un martes salió tarde del trabajo, y un poco mareado. Todavía no estaba recuperado de unas anginas angustiosas y durante el fin de semana celebró la amarga soledad de las fiestas del solsticio castigando su cuerpo a botellazos. Total: que estaba hecho unos zorros. No se vio con fuerzas suficientes para llegar al metro y paró un taxi. El taxista, honrado trabajador, iba escuchando un partido de fútbol. Jugaba la selección española contra la selección francesa, un partido del Mundial de fútbol, que es un deporte. Afortunadamente en España hay libertad de culto, y el buen hombre podía escuchar la COPE, en ejercicio de su libertad. Nunca había escuchado la COPE. Le gusta poco la radio, y solamente de vez en cuando sintoniza Radio 3 o alguna de las emisoras que programan música clásica. Nunca escucha retransmisiones deportivas, y menos de fútbol, y mucho menos tertulias políticas.
Pero un martes, por azar, hizo un viaje de media hora a las cavernas mediáticas de los obispos. Que el fútbol es pasión y todos esos rollos, ya lo sabía. Lo que no sabía es que la retransmisión de un partido de fútbol, por más importante que sea, pueda convertirse en excusa para lanzar a las ondas fanáticas soflamas nacionalistas y xenófobas. Sentado en el asiento de atrás del taxi, medio mareado, escuchó parte de la retrasmisión teóricamente «deportiva» del partido; escuchó abochornado los comentarios de los patrióticos comentaristas. Sintió vergüenza de tener un carné de identidad español, de tener que ir por el mundo con el pasaporte español; de ser considerado compatriota de los treinta mil energúmenos que insultaban a los jugadores franceses por el hecho de ser franceses y negros. Sí, ya sabía que España no es la COPE ni los treinta mil energúmenos que estaban en el estadio. Pero España es también la COPE y los treinta mil energúmenos. Y algunos más.
Afortunadamente al final España perdió. Le supo mal por los jugadores, que al fin y al cabo son deportistas, de un triste y deprimente deporte, de una triste, derrotada y frustrada selección, pero deportistas; pero se alegró por los comentaristas de la COPE y por los energúmenos que en el estadio insultaban a los jugadores franceses por el hecho de ser negros y franceses, que no se merecían una alegría. Pero, ay, si España hubiera ganado...
Cuando llegó a casa miró de qué iba eso del Mundial. Vio que la gran selección «Arriba España», «la gran selección de una gran nación que se rompe», había eliminado previamente a las «grandes potencias» futbolísticas de Ucrania, Túnez y Arabia Saudita. ¡La furia roja..., a por sellos!, pensó.
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):